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La noche de muertos

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Fidelio Cruz Luna

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L

as campanas doblaron todo el día. Su triste replicar nos recordaba que era el día de los muertos. En todas las humildes casas se habían levantado desde temprano altares con naranjas, manzanas, miel de abeja, mole, tamales, dulce de calabaza y pencas de panal o mezcal, según el gusto del difunto. Aromáticos ramos de cempasúchil y monjitas de nuestro campo adornaban las ofrendas.

Al caer la tarde nos reunimos en la casa para esperar a la rezandera que siempre llegaba acompañada de niños y gente grande. Traían bolsas y canastas donde recogían la ofrenda que les regalaban en las casas donde rezaban y al terminar su recorrido cada uno recibía parte de lo que juntaban.

En la penumbra de la noche los descubrimos desde la orilla de la barranca donde se encuentra nuestra casa. Traídos por el viento nos llegaba desde lejos el murmullo de sus rezos y nos apuramos para recibirlos. Terminamos de adornar el altar con flores y pusimos tanta comida como para que la familia comiera una semana. Acomodamos las sillas en la pared del fondo. Tendimos unos petates en el piso para que se hincaran y salimos nuevamente a asomarnos para ver dónde venían y los distinguimos por la cuesta. A la luz de sus velas avanzaban despacio en dos hileras como en una procesión. Parecía extraño que caminaran con tanta lentitud. No se distinguía el rezo, solo se escuchaba una fúnebre letanía: salgan, salgan, salgan ánimas en pena que el Santo Rosario rompa sus cadenas, salgan, salgan.

Ya están cerca. Bajan por la cuesta de la barranca para atravesar el puente. Pronto llegarán. Percibimos el olor de las flores y el humo de las ceras prendidas y corremos a servir el café con canela y pan para para recibirlos, pero cuando salimos al patio donde ya debían estar esperando que los pasáramos a la casa, no encontramos a nadie. Nos asomamos a la barranca y vimos que el puente donde debieron haber pasado hace rato estaba desierto. Sólo llegaba en la oscuridad el rumor de sus plegarias traídas por el viento.

Un escalofrío sacudió mi espalda. Los perros comenzaron a ladrar, un coyote aulló por los cerros y un gran tecolote asustado salió volando de los árboles. Un instante después el murmullo se escondió debajo del puente. Sentí detrás de mí la presencia de los muertos. Quise correr pero me quedé paralizado. Desde entonces creo en las ánimas que salen el día de muertos y recorren los caminos.

 

Me he permitido incluir este excelente cuento del escritor oaxaqueño Fidelio Cruz Luna en la página del Consejo de Cronistas de Tlalpan con la intención de promover la literatura regional y enriquecer el folklor de nuestro país. Tomado de la compilación Cuentos Regionales publicada por el Instituto Politécnico Nacional en el año de 2009.

Rafael Nieto Posadas, Cronista de Tlalpan.

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