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La ofrenda de muertos en el Barrio del Niño Jesús

Carlos Zugasti
Presidente mesa de trabajo
del Consejo de Cronistas de Tlalpan
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6-min

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ara nuestros antiguos ancestros levantar la cosecha formaba parte de uno de los ciclos vitales de mayor importancia por lo que separaban una parte de lo cosechado para los que habían muerto. Ofrendar era una inversión filosófica, porque cuando morían, del fondo común de los alimentos, y del incienso se les reembolsaba, perdonaban y festejaban a sus muertos, para que el día de mañana, los vivos les festejaran y también les perdonaran.

Todavía los cráneos de azúcar y los panes de muerto son el postre obligado del mes, aunque ahora estas delicias culinarias las obtenemos casi de manera clandestina, porque el temor ante el contagio del COVID19, no nos permite salir para adquirir la calabaza en tacha, los panes rosas de Xochimilco, esos golletes deliciosos que nos hacían llegar las abuelas consentidoras y que ahora casi se han perdido, porque pocos tahoneros la elaboran.

A todos nosotros desde niños se nos enseñó a devorar a la muerte en una calaverita de azúcar. Ahora y siempre coquetear con la muerte tiene su ventaja, se familiariza uno con ella, se le pierde el miedo, y se va al encuentro a sabiendas de que es una lejana amiga con la que se ha establecido contacto desde niño.

Los padrenuestros y las avemarías menudean como llovizna sobre las almas del purgatorio. Chanzas y burlas se gestan a la muerte a través de los escritos llamados calaveras y se acompañan con dibujos antiguos como los grabados de José Guadalupe Posada y otros dibujos ya actualizados se reviven año con año sobre las vitrinas de las panaderías que anuncian los panes de muerto.

Ante la muerte nos nutrimos con indiferencia ante la vida, lo que nos hace sufrir, lo que nos hace llorar no es la muerte, sino la vida misma. Lo que nos amarga y envenena la vida no es La existencia de la muerte, sino que es la conciencia de no ser dueños de nuestro propio destino.

En el Barrio del Niño Jesús todavía hay muchos vecinos quienes conservan viva la tradición heredada en Todos Santos, para la conmemoración y nostalgia por los familiares, parientes y amigos fallecidos quienes son objeto protagónico de ser tomados en cuenta, los días uno y dos de noviembre de cada año.

Para recordarlos se coloca dentro de la casa un pequeño altar con muchos de los elementos que debe llevar la Ofrenda de Muertos. En ella podemos ver por supuesto las flores de cempoaxochil o cempasúchil, esas flores amarillas o naranjas, olorosas, colocadas en floreros, en ramos, deshojadas o adornando todo el pequeño altar, junto a las velas, a las veladoras y cirios, y como parte esencial de esta ofrenda el bracero con la mirra, el copal y el incienso que según dicen lo que de esto saben mucho, limpian el aroma de los lugares y subliman las oraciones,__ ya tan en desuso __y sobre todo erradicar a los malos espíritus, para que las almas de los difuntos ingresen a sus antiguas moradas.

Otro de los elementos importantes es colocar en estas ofrendas los retratos de los familiares fallecidos colocados por el grado de estimación o cariño que se les tenía. No faltan además los vasos con agua y los panes de muerto que temporada a temporada modifican su contenido y a veces hasta su forma, raro es poder ver los panes de muerto, esas rosquillas azucaradas teñidos de rojo que son como pequeñas coronas y que todavía se encuentran en el mercado de Xochimilco.

Cada uno de los elementos tiene un significado que proviene del mestizaje de las culturas indígenas e hispánicas que heredamos.

Este año no podremos montar la Ofrenda de Muertos en el Parque Deportivo Morelos, en el Barrio del Niño Jesús, porque los vecinos que se habían integrado en un grupo de promotores de tradiciones del barrio, se han ido, otros han fallecido y los más han perdido la motivación impulsados por diferentes causas y este año el pretexto es el temor por contagiarse de la pandemia.

Cuando era uno niño veíamos el altar como un espacio mágico que el día 3 o 4 de noviembre, fecha en que se levantaba la ofrenda y golosamente disfrutábamos del pan, de las frutas, de las claveritas de azúcar, mientras la abuela nos iba explicando con interesantes referencias quienes eran los personajes que aparecían en las fotografías.

Como un testimonio de esta tradición complementa el siguiente texto fotografías de ofrendas colocadas en el Parque Deportivo Morelos y en casa.

Ojalá y que nuestros recuerdos descansen en paz, anhelando que para el próximo año se recupere la tradición del montaje de la Ofrenda.

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