Equidad y género
Diversidad Sexual

Un recorrido por mi barrio, San Fernando.

El chamagoso del Malpaís.
Ser del barrio es ser trabajador, ser del barrio es ser honesto, ser del barrio es luchar doble por lo que quieres”

M

e encontraba en mi negocio llamado Del barrio, como cada día, donde practico el arte que más aprecio y que hace veintiocho años forjé junto a mi querida Mari: el arte culinario, en el que pasábamos horas entre deliciosos platillos que preparábamos con nuestras propias manos, interminables charlas con amistades y risas de domingo en familia. Mismo lugar que antiguamente albergó a la Compañía Hortícola Mexicana, de 1919 a 1982.

He conocido muchos lugares, es cierto, pero en ningún otro sitio me he sentido tan pleno como en mi querido barrio, que, aunque pequeño y un tanto olvidado, me ha dado todo lo que necesito para ser feliz.

Hoy decidí tomarme la tarde libre y salir a dar un paseo en la bicicleta. El clima está fresco, con bajas probabilidades de precipitación, así que me levanté de la silla, tomé el impermeable, la mochila, mi bicicleta y me dirigí con dirección hacia la avenida San Fernando. Fácilmente podría recorrerla a ojos cerrados, es la que me vio nacer hace sesenta y cuatro años, cuando no había más que unas cuantas casas de techo de lámina de cartón, una que otra vecindad, granjas, fábricas que aún estaban en funcionamiento como Peña Pobre y la Fama Montañesa, un terreno pedregoso, lleno de maleza, huertos, establos, algunos ojos de agua, el manantial y un montón de víboras de cascabel, cacomixtles y chirrioneras.

Actualmente, los camellones y las banquetas de la avenida San Fernando lucen más angostas y les han cedido espacio a los automóviles. Para el peatón y el ciclista traspasar la encrucijada de autos, motocicletas y camiones en violenta prisa es más un acto de fe. Poco queda de aquellos días en donde el sonido del viento sobre las hojas de los árboles y el agua de río chocando con las rocas, era más fuerte que el motor de los pocos autos que circulaban por la zona.

 

Fernando, INAH, 1956.

Diploma expedido a Compañía Hortícola mexicana, en donde constata la existencia de la antigua Plaza de San Fernando, archivo de la Familia Uribe,1932

Aún recuerdo el lugar donde nací, una vecindad antiquísima en mi querido barrio llamada el pensamiento, y de la cual queda ya muy poco y donde actualmente se encuentra Tlalpan Motors, donde viví mis primeros meses de vida. Dejo la avenida San Fernando atrás y ante mí se observa un escenario peculiar, en donde se entremezcla el pasado obrero y militar de la zona, con un presente distinto y quizá desenraizado. Lo primero que miro es la parroquia de San Pedro Apóstol, construida durante el siglo XVIII, con sus treinta y tres escalones de mosaico enmarcados en un grueso barandal de piedra volcánica oscura, rodeada de rojo tezontle. 

Frente a la parroquia, un amplio espacio delimitado por bardas, paredes antiguas y casas actuales. Esa era la plaza del barrio San Fernando. Existe una foto, en donde en uno de los espacios de la plaza se alcanza a ver una fuente circular y de varios niveles. En mi infancia, y durante las fiestas por el día de San Pedro Apóstol, que era el 29 de junio, en esa plaza se organizaban juegos y muchas actividades. Recuerdo aquellas tardes en donde yo y otros niños éramos felices al jugar palo encebado, con la música de fondo y las risas y conversaciones alegres de los vecinos, reunidos en un espacio que era nuestro. Actualmente de ese espacio comunitario queda poco o más bien nada: a la fuente la quitaron, y a la plaza personas ajenas al barrio le vieron cara de estacionamiento. Ahora son los automóviles estacionados, y no los colonos, quienes hacen suya a la plaza. Los espacios son despojados de aquellos que la hicimos nuestra a través de vivencias y experiencias diarias, a través de juegos y de pláticas entre vecinos. Plaza del Barrio de San Fernando, INAH, 1956.

Cooperativa de consumo el Pabellón, INAH,1979

Pedroza Ortiz, 2020.

Diploma expedido a Compañía Hortícola mexicana, en donde constata la existencia de la antigua Plaza de San Fernando, archivo de la Familia Uribe,1932

Cuando yo era niño el complejo industrial de la fábrica ya se encontraba abandonado. Recuerdo que iba con los cuates a aquella construcción sobre la calle de Sabino, donde actualmente se encuentra el deportivo del ISSSTE. En ese entonces no sabíamos qué eran esas ruinas, pero nos gustaba meternos a explorar; había sótanos oscuros y un tanque de agua en donde nos encantaba subirnos y ver desde arriba nuestro pedregal.

Continúo pedaleando, las ruedas de la bici giran en unión con el subir y bajar de mis rodillas. Los antiguos muros de la fábrica terminan y me encuentro ahora ante una pendiente; la continuación de la larga calle deja de llamarse Sabino y adopta el nombre de John F. Kennedy, entro al barrio de mi infancia: la Carrasco. En 1957 nos mudamos a este barrio, en donde mi abuelo, José Uribe, compró un terreno por trescientos veinte pesos plata.

Cuentan los colonos de mayor edad que en 1962 el presidente estadounidense Kennedy, en una visita oficial a México, miró a lo lejos al llamado Malpaís, con su inmensa masa basáltica de color gris oscuro. El presidente preguntó si alguien podía acaso vivir en ese desierto de roca, y le respondieron que sí, a lo que Kennedy solicitó le fueran enviadas despensas y víveres a aquellas personas, ¡cómo disfrutamos de esas despensas siendo niños! Otra versión señala que, a raíz del asesinato de Kennedy fue que adquirió su nombre la calle John F. Kennedy, única vialidad existente en aquel entonces.  

Escuela primaria Gral. Felipe Ángeles, contribución de vecinos de la colonia Isidro Fabela, (Carrasco).

Busto de John F. Kennedy, contribución de vecinos de la colonia Isidro Fabela, (Carrasco).

En la Carrasco viví mi infancia y adolescencia entre piedras, árboles frutales, animales y un montón de niños con los que salía a jugar. Recuerdo que del lado de la cerrada de John F. Kennedy había un zapote blanco, era uno de los árboles más grandes que había en la zona, en él amarrábamos una soga y ahí nos balanceábamos. Desde lo alto del árbol podíamos apreciar la cantera, eran bastantes metros de altura y una vista sin igual. Tener frente a mis ojos tan majestuosos bloques de piedra volcánica que hacía miles de años había arrojado el volcán Xitle, era una de las experiencias que más disfrutaba.

Nos faltaban los zapatos, pero nos sobraban espacios para jugar con total libertad y corretear conejos; enormes lagartijas de collar y de muchos colores; cincuates; cascabeles y zorros ¡Cómo nos encantaba ir a nadar al manantial de Peña Pobre! tenía bastante corriente. Cuando la fábrica dejaba de trabajar era un agua limpia y deliciosa. Mi madre y muchas mamás del Pedregal solían ir a lavar al río y los niños nos veníamos de resbaladilla por la compuerta que existía entonces, dejando que nos llevara el agua una y otra vez.

Veinte años después de vivir en la Carrasco, regresé a mi barrio, hasta donde la fecha hoy sigo habitando.  Observo el panorama, que hoy es tan diferente. En tardes como esta, cuando salgo a andar en mi bicicleta y recorro toda la zona, miro al lugar con nostalgia al recordar todo lo que algún día fue, con las casitas, los huertos, la plaza con su fuente, el sabino que había en la entrada de la calle que ahora lleva su nombre, las granjas y los amigos, la identidad de pertenecer a un barrio como San Fernando, lleno de memoria y olvido.

Y justo eso era lo que quería evitar, que la memoria del barrio se llenara de olvido, y aquella fue la razón que me llevó a luchar de mil y un formas para que la historia de mi hogar sobreviviera. Por algún tiempo se organizaron actividades juveniles con la Pandilla Estrella; fundada por el padre Ismael Millán Dorch, y que más tarde daría forma al grupo Scout 68, me dediqué a realizar Paseos: ilusiones de Tlalpan y el objetivo era que la gente del barrio conociera todas las maravillas que había a nuestro alrededor, que dejaran por un rato la televisión y salieran a conocer las Fuentes, el Bosque; que fueran a escalar el Ajusco, o visitar el Arenal. Más adelante, realizamos talleres de globos de cantoya; de pan de muerto y de rosca de reyes; de dominó, pintura, guitarra y son jarocho, entre muchas cosas más. También fui coordinador del barrio e impulsé a la juventud a seguir estudiando; hasta la fecha lo sigo haciendo.

He de confesar que toda esa lucha me dejó grandes enseñanzas y también algunas decepciones. Sin embargo, hoy sé que con mi esfuerzo he sembrado en algunos jóvenes las ganas de continuar esta lucha. Sesenta y cuatro años después mi lucha sigue en pie, aunque ha cambiado con el paso del tiempo, pues ahora es una lucha cultural. Después de tanto camino recorrido, pienso que lo que el barrio necesita es recuperar su identidad, misma que se fue perdiendo cuando nuestros espacios de convivencia fueron disminuyendo. Hoy día todo barrio tiene su plaza y su quiosco, menos el de San Fernando; a nosotros nos quitaron un monumento que nos daba mucha identidad: la fuente de la plaza. A pesar de que hoy estamos fragmentados en lo que alguna vez fue  San Pedro Apóstol y hoy es Barrio de San Fernando, nuestra identidad de barrio responde a una identidad obrera, una cultura de trabajo y esfuerzo que hoy estamos tratando de recuperar.

El chamagoso del Malpaís.

El objetivo de esta crónica es darle voz a los personajes que día a día hicieron y hacen al barrio: el cantero que a punta de cuña y marro logró abrir caminos por los cuales hoy andamos; nuestras abuelas y nuestros abuelos, que hicieron de este lugar un sitio digno para habitar; la gente que se dedicó al comercio y a acercar el pan a las familias; quienes se levantan todos los días muy temprano para darle un sustento a los suyos trabajando en largas jornadas; a las y los profesionistas que en el barrio habitan.

También es darle voz a quienes ya no están; a quienes le tendieron la mano a su vecino(a) cuando lo necesitó; a quienes han sido criminalizados por ser “de barrio”, cuando el barrio es el que nos ha brindado todo para poder salir adelante. A los sin voz, aquellos que durante años no han sido escuchados y que sus sueños no parecen caber en los planes de los de arriba.

Y es que el poder se refleja, precisamente, en quienes tienen el uso de la palabra por sobre aquellos a los que se les ha impuesto la cadena perpetua del silencio, que es antesala del olvido y la pérdida de la memoria. Por ello es que la crónica actual debe ser aquel escenario en donde los actores de nuestra cotidianidad, personas de carne y hueso que luchan en las peleas de la vida diaria, cuenten, testifiquen con toda la fuerza de su voz, los aconteceres de una actualidad que muchas veces quiere escaparse, fugaz, para no ser descubierta en sus tragedias y sus horrores, en sus alegrías y esperanzas. Que la crónica sea entonces voz para quienes han querido ser silenciados, y oídos para quienes no han querido ni han sabido escuchar.  

Dedicada al chamagoso del Malpaís. Una colaboración de Paola Liliana Montejano García y Francisco Javier Pedroza Ortiz, miembros del Consejo de Cronistas de Tlalpan.

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