Equidad y género
Diversidad Sexual

Una historia de vida y lucha en los Pedregales del sur de la Ciudad de México.

(Segunda parte)

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En memoria de Paz, mi entrañable abuela,
quien a través de sus ojos me
enseñó a amar al barrio.(1930-2020)

Paola Montejano

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P

az comenzó a buscar trabajo, mientras que Simitrio continuó trabajando en el hotel, durante ese tiempo, ellos siguieron frecuentándose y más tarde se fueron a vivir juntos a la colonia San Bartolo, en Naucalpan. Ahí pasaron sus primeros años de vida juntos y nacieron sus primeros hijos, para ese entonces, Simitrio ya tenía un mejor sueldo trabajando en una fábrica automotriz, mientras que María de la Paz se dedicaba a las tareas del hogar y a cuidar a sus hijos.

Ya entrados los años sesenta, supieron a través de un conocido que en los Pedregales del Sur de la Ciudad se estaba realizando una gestión para poder adquirir terrenos a plazos. Para María Paz y Simitrio, eso representó una gran oportunidad, ya que la familia crecía y no tenían un patrimonio para darles un futuro a sus hijos. A los pocos días de la noticia, fueron a conocer el lugar donde se estaban gestionando los terrenos, era un sitio muy cercano al pueblo de San Agustín de las Cuevas, actualmente conocido como el Centro de Tlalpan.

Al llegar, quedaron sorprendidos tras darse cuenta de las condiciones geografías de la zona, para aquel entonces, los Pedregales de Tlalpan no eran más que la periferia de la Ciudad, o lo que Peter Ward llamaría “Ciudades perdidas”. Sin embargo, era más grande su sueño de tener un hogar, que la dureza de aquellos bloques de piedra. Poco tiempo después comenzaron a informarse sobre el procedimiento para la gestión de terrenos, asistieron a asambleas y conocieron a más personas que compartían historias de vida similares. Desde el principio supieron que no les esperaba un camino fácil, ya que no sólo se trataba de trabajar para poco a poco construir su casa, sino que tenían que emparejar el terreno bajando los cerros de tierra, cortando la maleza y picando la piedra con sus propias manos a punta de cuña y marro.

Los primeros meses y años fueron los más difíciles, los nuevos pobladores comenzaban a organizarse para la gestión de sus terrenos, pero también para ir abriendo caminos y conseguir los recursos para satisfacer las necesidades básicas, como el agua y la comida. Mientras los hombres salían a trabajar para el sustento de sus hogares, las mujeres como Paz, tuvieron que salir a las calles a ocuparse de los asuntos comunitarios, lo cual representó un cambio en la configuración de los roles de género. Para muchos hombres era difícil aceptar que las mujeres tuvieran una participación activa dentro y fuera de la comunidad, pues comenzaron a ir a las asambleas, a ser partícipes de la toma de decisiones, a asistir a los mítines y manifestaciones que se realizaban en las distintas instancias de gobierno para exigir los servicios básicos, a tener la misma voz y voto que los hombres, a salir a picar piedra a bajar los cerros, a ir a conseguir agua hasta Las Fuentes Brotantes, a preparar la comida para las y los vecinos que trabajaban largas jornadas en los tequios., a convertirse en luchadoras sociales.

Pazita, al igual que muchas otras mujeres de los Pedregales, incidió en las acciones comunitarias de su colonia, asistiendo a las asambleas, picando piedra para abrir caminos y jugando con las niñas y niños de la zona para que se distrajeran. Algunos vecinos y vecinas de su cuadra que hoy en día son adultos de aproximadamente 50 a 60 años, comentan que solía ponerlos a cantar las antiguas rondas como la víbora de la mar, la rueda de San Miguel, Doña Blanca, Arroz con leche, caracolito, entre otros cantos que en se han ido desvaneciendo con el tiempo. Las hijas de Pazita, recuerdan que, cuando su casa estaba adaptada a la forma de las cuevas que había en la zona, en una de ellas tenían un hornito de piedra y en día de muertos solían hornear pan dulce y enviaba a sus seis hijos a repartir pan a todas las familias de la cuadra.

Pero también, fueron muchos los retos y dificultades a las que María Paz y todos los habitantes de los Pedregales se enfrentaron, porque una vez iniciado el proceso de la gestión de terrenos y de picar piedra para abrir los caminos, la lucha continuaba con la gestión de los servicios públicos como el agua, el drenaje, la luz, la pavimentación, el transporte, el alumbrado público, los servicios médicos, la edificación de la escuelas, el mercados, la iglesias, entre otros.

Al ver que en la colonia no había comercio, Pazita y Simitrio se dedicaron a la venta de frutas, verduras y legumbres para proveer a las familias de la zona. Todas las tardes después de levantar el puesto que tenían en la calle, se dirigían a la Merced a surtirse para las ventas del día siguiente. En aquella época se trasladaban en el tranvía que recorría desde el Centro de Tlalpan hasta la Glorieta de Peralvillo. Quien iba a imaginar, que desde los primeros años en los que se conformó la colonia, el comercio se convertiría en un elemento fuerte y representativo de lo que hoy se conoce como La Carrasco. Poco a poco fueron apareciendo más comerciantes, vendiendo semillas, frutas, instalando molinos, venta de carne y las y los vecinos dejaron de trasladarse a otras colonias y comenzaron a abastecerse en el propio barrio.

Entre los años setentas y ochentas, se obtuvieron muchos logros, pues, la comunidad se fue organizando para la edificación de la Iglesia de Santa María de Guadalupe, un sitio que hasta la actualidad es parte importante de la zona y la cual, se logró construir, gracias a la donación de piedra volcánica de las y los vecinos. Se estableció la lechería, se instaló la primera ruta de camiones, antiguamente conocidos como delfines, se construyó la primaria General Felipe

Ángeles, se fortaleció el comercio local, se construyó el Mercado público Isidro Fabela y se regularizó la tenencia de los predios.

En aquella época, María de la Paz había logrado cosechar sus frutos, tenía su casita de cemento, continuaba con su puesto de frutas, verduras y legumbres, el cual había crecido bastante, se dedicaba a las tareas del hogar y se encargaba de la educación de sus hijos, junto a Simitrio, quien decidió retomar aquel oficio que había aprendido durante su adolescencia., la herrería. 

Y así transcurrieron los años y las décadas, mientras María de la Paz y las los primeros habitantes que llegaron a habitar la zona de Los Pedregales fueron dejando a nuestro paso, grandes frutos y enseñanzas de amor y lucha y resistencia, mismas que a través de las memorias de Paz, hoy retrato, demostrando que, “fuerte como las piedras”, son las mujeres del Pedregal.

Fotografías del Acervo de la familia García Figueroa.

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