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San Agustín Tlalpan, lugar de piedra y agua

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Salvador Padilla Aguilar

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l Tlalpan antiguo –piedra y adobe– se ubica al pie de las montañas. Su cumbre más elevada, el Ajusco, da nombre a la serranía sureña, principal fuente acuífera y de oxigenación de la ciudad de México. Otro volcán, el Xitle, en su última erupción, sepultó Cuicuilco, la civilización más próspera de la cuenca lacustre hace 2 mil años. El pedregal resultante fue conocido como Tetetlan por los indígenas o Malpaís por los españoles. La lava formó grandes cavernas y propició el alias del poblado, que se llamó, en la Colonia, San Agustín de las Cuevas.

En lo alto de las montañas se formaron desde antaño corrientes de agua que luego se convirtieron, fluyendo por entre las lavas del pedregal, en manantiales o riachuelos que determinaron la vocación agrícola del lugar.

De hecho, a pesar de la carencia de agua en los pueblos de la montaña, los nombres de varios lugares significativos tienen que ver con el agua. Ajusco –“en la flor del agua”– da la idea de fuentes que brotan de la tierra aquí y allá. Entre los lugareños se usa el nombre de Xaltipac como un segundo apelativo que nos da a entender una corriente que fluye debajo de la arena.

De hecho, las características del terreno en las alturas montañosas permiten que el agua “se esconda” rápidamente entre la arena y los pedregales una vez que se desprende de las gruesas nubes sureñas, ocasionando que sólo una parte pequeña de las abundantes lluvias pueda ser utilizada por los habitantes de la montaña. Las aguas reaparecen mucho más abajo y al norte en forma de manantiales o de yacimientos subterrános, unos en Tlalpan, otros Coyoacán o en Xochimilco y hasta en lugares tan remotos como Xico, antaño rico en aguas sulfurosas.

Entre los manantiales de Tlalpan quizá el más conocido era las Fuentes Brotantes, pero en otros sitios también brotaba el agua en abundancia desde siempre: Peña Pobre, Santa Úrsula Xitla, Niño Jesús, Tetlameya.

Entre los ríos, el más renombrado es el arroyo de las Fuentes Brotantes que fluía –fluye– desde el manantial de ese nombre hasta las calles bajas de Tlalpan. Joaquín Clausell lo retrató para la posteridad en diversos puntos de su recorrido con un caudal muy vasto y una anchura de hasta quince o veinte metros. Sólo a través de sus lienzos nos es posible constrastar y conmiserarnos del pellejito de agua en que hemos convertido aquel magnífico manantial y memorable paseo. Indómito y ágil en su inicio, el río se tornaba en una corriente perezosa al pie del Calvario donde, debido a la amplitud de ese espacio, llegó a formar a principios de siglo XX un plácido estanque que después escurría por donde hoy está la calle de Abasolo.

Allí regaba, primero, la huerta del Marqués de Vivanco, casona en la que, a decir de Luis Ortiz Macedo, hubo, en determinado momento, un pintoresco lago privado en el que era posible remar o nadar. De allí el agua descendía para irrigar la huerta del Montojo, por donde viven los Misioneros del Espíritu Santo y los Hermanos Maristas; por último, la finca del Tesorero, casi un bosque privado de 30 o 40 mil metros cuadrados, orgullo del Tlalpan del siglo XIX, ubicada hoy en lo que aún se recuerda como el Tutelar para Varones.

El arroyo se deslizaba después, siguiendo la pendiente del terreno, hacia los campos del rancho de Carrasco, ubicación actual de la colonia José Toriello Guerra. Por el rumbo del colegio Espíritu de México entroncaba con el río de San Juan de Dios o río de Tlalpan. Una parte del líquido se desviaba hacia los sembradíos del rancho San Isidro, otra se desviaba por Apatlaco y daba riego a las plantas del invernadero porfiriano que cuidaban los Chimal, familia que lo valoraba y protegía.

Otra historia es cómo llegó el agua a los hogares del pueblo de Tlalpan. Acudo a los recuerdos de los habitantes. “Hacia 1930 no había agua entubada. Para abastecer el hogar, tenía usted que acudir a las esquinas donde hubiera ‘bitoques’ o artísticas fuentes de piedra, como la de la Conchita o la que se encontraba frente al panteón de San Marcos o, allá en La Fama, la artística fuente metálica que había donado la Emperatriz Carlota para rmbellecer la plazuela de ese barrio. Desde los ‘bitoques’ o fuentes, usted debía cargar el agua hasta su propia casa. Con la instalación de ‘bitoques’ surgió o resurgió el oficio del aguador. Con el apoyo de un ‘aguantador’ de madera un muchacho le llevaba a usted dos botes de 20 litros por unos tlacos o centavos. La opción alterna, si no tenía dinero, era que usted mismo construyera su ‘aguantador’ y cargara hasta su hogar el líquido necesario.”

Pero también se utilizaban bestias para cargar el agua. Los habitantes de San Pedro Mártir bajaban con sus burros para llevar, en botes lecheros, unos 80 o 100 litros de agua en cada visita al ojo de agua del Niño Jesús.

El otro río era –dije antes– el de San Juan de Dios o de Tlalpan, que se originaba en los ojos de agua del rancho de Peña Pobre, al pie del monte Zacayucan, y luego corría, límpido y fresco, lamiendo los bordes del pedregal y penetrando a veces en algunas de las muchas grietas y cavernas que allí había. Por cierto, en el siglo XIX, uno de los manantiales estaba destinado –profética visión empresarial un siglo antes de la realidad actual– para embotellar su líquido y venderlo, con elegante etiqueta, como “Agua de Mesa de los Manantiales de Peña Pobre”. Pero la mayor parte del caudal era captado, en pequeñas presas, para mantener la producción agrícola de las haciendas más allá de Huipulco: San Juan de Dios “La Grande” –uno de cuyos dueños fue José Toriello Guerra–, San José Coapa y, la más famosa, San Antonio Coapa

El río de Tlalpan corría hasta la calzada Tomás O’Horan (hoy calzada de Tlalpan), a la altura de Superama, donde había un puente que permitía, desde el Virreinato, el cruce de carruajes y cabalgaduras hacia san Agustín[1].

[1] Una de las calles de la colonia Toriello Guerra se nombró “Del Río” por esa razón desde 1893. Su corto trayecto finalizaba en los límites del pedregal, cerca de donde pasaba la corriente acuática.

Otro río, el San Buenaventura, nacía en las alturas del Ajusco, descendía por la cañada de Chipic, cruzaba por la vecindad de San Pedro Mártir, por detrás de la colina del Cedral (Club de Golf México) junto a Tepepan, y entroncaba con un ramal del Canal Nacional, hoy paralelo al Anillo Periférico hasta el Canal de Cuemanco. Este río sólo resucita en temporada de lluvias ya que el manantial de donde brota fue entubado para satisfacer la demanda de líquido de Santo Tomás Ajusco.

[1] Una de las calles de la colonia Toriello Guerra se nombró “Del Río” por esa razón desde 1893. Su corto trayecto finalizaba en los límites del pedregal, cerca de donde pasaba la corriente acuática.

El agua de Tlalpan no sólo era utilizada por las huertas y las haciendas. También por las fábricas. La que, a inicios del siglo XX, utilizaba el agua en forma más intensiva era La Fama Montañesa, debido a que su enorme rueda se movía con fuerza hidraúlica. La necesidad empresarial del agua hizo que la fábica textil atentara en no pocas ocasiones contra el consumo humano de la población tlalpeña. En los conflictos tuvo que intervenir la autoridad con relativa frecuencia. Uno de sus representantes más connotado fue el coronel Carrión, prefecto de Tlalpan en la década de 1870, quien en varias ocasiones medió entre el pueblo y la fábrica para lograr un acuerdo medianamente satisfactorio.

La fábrica de casimires de San Fernando también tuvo que haber utilizado agua en abundancia, mas no se tienen noticias precisas de dónde procedía la que usaba debido a que la empresa dejó de operar desde el siglo XIX.

Por su parte, la fábrica de Peña Pobre, en determinado momento de su existencia (1935), empezó a usar el líquido de los manantiales para la producción de celulosa y contaminó de manera definitiva el río de San Juan de Dios. Por muchos años, hasta finales de la década de 1960, el antiguo y cristalino río se convirtió en un insalubre y pestilente canal de desechos industriales a cielo abierto. Fue finalmente entubado para evitar una mala impresión a los extranjeros que acudían a los XIX Juegos Olímpicos de 1968.

Existe un cuarto río vinculado con la historia de Tlalpan. Es el conocido como Eslava. Su cauce se encuentra actualmente en territorio de la delegación Magdalena Contreras, pero pertenece también a la historia tlalpeña según lo que enseguida se dirá.

Su nombre se debe a que la fuente que le daba origen y gran parte de su recorrido se encontraba en la hacienda Mipulco (lugar de las grandes flechas), uno de cuyos propietarios fue, a partir del año 1643, don Antonio Rodríguez Eslava. De hecho en ese año la hacienda era conocida además con los nombres de Tesicapam, San Nicolás Eslava o San Nicolás Mipulco. El nombre de San Nicolás fue adoptado por la cercanía del pueblo de San Nicolás Totolapan.

La hacienda de Mipulco se formó muy lentamente. La primera noticia que tenemos de ella data de 1563, año en que, por merced de don Luis de Velasco, virrey de la Nueva España, fueron otorgadas las tierras del cerro de Quaitlaca, de la cañada Honda y la cañada entre los cerros de Larga Alatzalan, Zacaltépetl y San Jerónimo a españoles nobles. Con dichas tierras se formaron las haciendas de la Cañada y de San Nicolás Mipulco. A fines del siglo XVI, los propietarios eran don Cristóbal y don Bartolomé Téllez, quienes hicieron la labor de convencer a don Juan de Iztolinque, cacique de Coyoacán, para que les vendiera las tierras de Xoyocatlan y Chimalistac a los habitantes de San Nicolás Totolapan y a los de Santa María Magdalena Atlitic, y también a María del Bordo, esposa de don Francisco de Olalde.

A partir de una superficie original de sólo 4 caballerías de tierra, pertenecientes a don Alonso de Sosa Perea, se le añadieron, a principios del siglo XVII, las 6 caballerías del Ranchuelo, propiedad ubicada entre el Ajusco y La Magdalena. Más de un siglo después se inició el proceso de ampliación. En 1726, Gerardo Moro, abogado de la Real Audiencia, compró la propiedad de Mipulco y le añadió los ranchos de Monte Alegre y el de Llano Grande, con una extensión actualmente imposible de precisar. En 1731, Moro adquirió los ranchos de Viborillas, Saucedo y de Abajo, con lo que extendió a la superficie anterior una adicional de 2 caballerías de tierras de labor, bosques y pastos. No se tienen datos del ganado previamente existente en Mipulco, pero sí de que la extensión implicó 2 mil cabezas de ganado ovino y mil bovinos más. El ganado abrevaba en las aguas del río.

Moro, ya viejo, adquirió en 1751 las tierras comunales de Topilejo de extensión desconocida. Muerto el hacendado, don Manuel Enderica adquirió la propiedad, a la que agregó, en 1783, 24 caballerías adicionales de tierras, es decir, 1,032 hectáreas, adquiridas dos años antes. Esas habían sido tierras comunales de los pueblos del Ajusco. La forma de la hacienda, en la época colonial, con el nombre de Mipulco–Eslava, era un cuadrado enorme cuyas cuatro esquinas eran, en términos gruesamente aproximados, los manantiales de Peña Pobre, el pueblo de San Nicolás Totolapan, el rancho Viborillas, cercano al volcán Ajusco, y los linderos de la Magdalena Petlacalco. ¡Un territorio enorme!

Sin conocer la superficie total de la hacienda en esta época, los únicos datos de que se dispone indican que las adquisiciones continuaron de modo que, a fines del siglo XIX, su superfice era de 4,600 hectáreas. Su explotación era esencialmente forestal ya que poseía reservas inmensas de bosques.

Por otra parte, en donde las escasas planicies de los seis ranchos dispersos en la montaña lo permitían, se cultivaban cereales. También se practicaba el pastoreo de ovinos y bovinos. Un plano de 1698 muestra que Mipulco había diversificado su producción. A ello cooperaban poderosamente las aguas del Eslava que, naciendo en las alturas del Ajusco, descendían hasta fundirse con el río Magdalena antes de la presa Anzaldo.

Finalmente, deseo referirme a otras fuentes de agua que han dado vida a los pueblos del Ajusco: los manantiales de Monte Alegre. Se sabe que, desde principios del siglo XX, algunos pueblos –Topilejo, entre otros– vieron con buenos ojos la construcción de un acueducto que, desde esos manantiales, satisficiera su carencia de líquido. El intento resultó, finalmente, fallido.

Otro pueblo carente de agua –San Pedro Mártir– habría de coronar sus esfuerzos décadas después. Todavía en 1930, se veía a los habitantes de San Pedro acudir a las fuentes de Tlalpan para llevar, en burros, el vital líquido a su comunidad y las mujeres bajaban a lavar sus prendas al barrio de Las Campanas o al ojo de agua del Niño Jesús. En 1934, decidieron tomar el problema en sus manos y resolverlo de raíz. Así que adquirieron tubería y ellos mismos se dieron a la tarea de instalarla desde Monte Alegre hasta el pueblo. Pronto siguieron su ejemplo los habitantes de San Andrés y Chimalcoyoc.

Gozarían del beneficio del agua, entubada por ellos mismos, hasta que, en la década de los setenta, llegaron a Tlalpan los hoteles de paso y la desviaron para su provecho. El pueblo entero, con el sacerdote Jesús Ramos a su lado, se levantó en plan de lucha para defender el líquido. Lo hicieron exitosamente, pero esa es una historia que habrán de contar alguna vez, en otro micrófono, los habitantes de ese lugar.

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