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Recorriendo los túneles de lava del sistema Xitle

SISTEMA XITLE

Por el Historiador Sebastián Peregrina
 

Las erupciones del volcán Xitle (3100 metros), hace aproximadamente 1700 años, son la última actividad registrada del campo volcánico Chichinautzin, el cual divide la Cuenca de México de los valles de Cuautla y Cuernavaca al sur, y se extiende hasta las laderas del Popocatépetl por el oriente y a las inmediaciones del Nevado de Toluca por el poniente.

 

De los alrededor de 75 kilómetros cuadrados que fueron cubiertos por las lavas del Xitle, actualmente sobreviven al menos dos sistemas independientes de tubos de lava o cuevas por tunelamiento.

Estos tubos de lava o cavidades por tunelamiento fueron producidos cuando la inclinación del terreno y la enorme presión en el frente de lava lograron sortear los obstáculos que encontró el magma, avanzando rápidamente cuesta abajo mientras que la costra superior del flujo se enfrió, generando túneles que con el fin de la emisión volcánica lograron vaciarse dejando enormes cavidades que en algunos casos superan los 300 metros de extensión, con galerías cuyos techos exceden los diez metros de altura.

 

El primero es el sistema Padierna, ubicado en el predio “Los Encinos”, detrás del Colegio de México, la Universidad Pedagógica Nacional y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, paralelo a la subida de la Picacho-Ajusco y en donde se encuentran las cuevas de “Pedro el Negro”, “Margarito”, “Cocodrilo” y “Los huesitos”. El sistema Padierna fue explorado por Ramón Espinasa, Hugo Delgado y Ana Lillian Martin en la década de 1990.

 

Hace una década reapareció en el debate público cuando se anunció la creación de “Biometropolis”, un mega desarrollo inmobiliario que a pesar de su supuesta sustentabilidad, hubiera destruido y afectado esta joya del vulcanismo local. Afortunadamente no se construyó semejante farsa, pero sin duda “Los Encinos” es uno de los enclaves urbanos más codiciados por el “desarrollo” rapaz, por lo que es indispensable el seguimiento al caso, ya que este sitio no solo alberga los tubos de lava, sino que cumple un importante papel para los servicios ambientales urbanos, además de ser un relicto del riquísimo ecosistema del Pedregal del Xitle que contiene restos arqueológicos, por lo que destruirlo sería un atentado a la razón, el ambiente y la cultura.

 

Por otro lado, está el sistema Xitle, ubicado en la frontera de los terrenos ejidales de San Andrés Totoltepec y el Parque Ecológico de la Ciudad de México, también en las inmediaciones de la alcaldía Tlalpan. Compuesto por al menos seis cavernas lávicas, el sistema Xitle es un sitio en el que se conjuga el culto religioso contemporáneo, el esparcimiento y el estudio vulcanológico, por lo que es un espacio natural increíble que vale la pena conocer, pero sobre todo, cuidar.

 

Conocidas históricamente como “Cuevas del conejo o Yohualli”, en octubre 2019 pudimos visitar tres de las oquedades del sistema Xitle, ya que para recorrer el resto se debe contar con el equipo necesario para el descenso y ascenso, mientras que para las que visitamos “solamente” se requiere casco, lámpara y de preferencia rodilleras y guantes, debido a los espacios angostos decorados con filos basálticos.

El camino a la primera cueva fue de poniente a oriente a través de las faldas del Xitle, en donde pudimos admirar su enorme biodiversidad. La claridad del aire y la altura se combinaron para deleitarnos con unas espectaculares vistas de la Ciudad de México, la cual se encuentra a casi un kilómetro por debajo del Xitle.

Después de unos 15 minutos, nos topamos con la primer cueva, la cual tiene un aspecto como de una tubería gracias a su increíble forma redondeada, con alrededor de 1.5 metros de diámetro y unos seis de largo, finalizando con un agujero localizado cerca de tres metros por encima del túnel.

 

Cerca de ahí, está otra entrada a una de las cuevas del sistema. El acceso es por los restos colapsados del techo, apenas se entra al tubo de lava se siente el frescor y la humedad, mientras que el agua que se filtra empieza a gotear por el cuerpo. El camino es sinuoso e irregular, lamentablemente salpicado de la basura, ese terrible cáncer que al parecer los visitantes modernos crean a semejanza de Hansel y Gretel.

Dentro de los tubos es posible ver las diferentes coladas o erupciones volcánicas, las cuales se fueron superponiendo una sobre otra, mientras que en los techos y muros superiores es posible admirar las estrías de tensión causadas por el avance y enfriamiento del magma.
La galería continúa avanzando hasta que apenas queda menos de un metro de altura, por lo que hay que pasar gateando, aunque después el conducto se vuelve a abrir para terminar rematado en una especie de arco maya, el cual adorna la salida triangular del túnel.

 

Posteriormente avanzamos ladera arriba –hacia el norte- hasta toparnos con una zona salpicada de hornitos y oquedades volcánicas en donde se encuentran otros pasajes que descienden entre el Pedregal. Entramos con dificultad por un hueco que baja abruptamente, para regresarnos a ese espacio húmedo y oscuro relacionado con un sinfín de historias y leyendas entre los vecinos de la zona.

El pasaje es alto aunque muy estrecho, con una fuerte pendiente que se agrava por la humedad. Después hay que descender por una escalera natural hasta llegar a una enorme cavidad decorada por un tragaluz natural, también generado por el colapso del techo. En la zona iluminada crece un tepozán que suele usarse para entrar a esta segunda caverna, aunque sin duda representa un peligro mayor al tener una altura que ronda los siete metros.

Otra vez hacia el norte desciende el conducto para internarse una vez más hacia las entrañas de la tierra. El pasaje es ancho y alto, y a medio camino es posible observar un medio arco basáltico formado durante la última erupción del Xitle. Finalmente se accede a una enorme cámara que fácilmente puede albergar a 20 personas paradas, la cual está custodiada con un muñeco, muestra del continuo culto y ritual que hay en las cuevas. Dicho sistema parece que continuaba hacia el norte, pero el colapso del techo selló ese camino, mientras que hacia el nor-poniente existe un pasaje muy estrecho cuyo final no era visible, por lo que probablemente el tubo continúe hacia ese lado.

 

A nuestra salida nos dirigimos de nuevo al punto de encuentro, no sin antes encontrar una diversidad faunística que revela la relativamente buena conservación del sitio, a pesar de encontrarse literalmente al lado de la mancha urbana, la cual amenaza con desaparecer este sistema de tubos de lava del Xitle.

En este sentido, quedan menos de 25 de los 75 kilómetros cuadrados que originalmente cubrió el Pedregal del Xitle, por lo que lo único que sabemos de los otros sistemas de tubos lávicos es por las historias que se recuperaron en los pueblos que todavía hace 80 años se encontraban en el límite del Pedregal, como las cuevas “Tetongo”, la de “Hombre Grande”, “Gorriones”, “Jazmín” y “Murciélago”, registradas en la amplia zona que va de Ciudad Universitaria a Huipulco. De estas oquedades se cuenta que fueron refugio de bandidos, sitios predilectos para ocultar tesoros y botines, así como para el saqueo y destrucción de los numerosos restos arqueológicos que se reportaron en las cuevas durante el siglo pasado.

La historia del Xitle y sus pedregales ha sido poco estudiada, al igual que la relación que guarda con la Ciudad de México y sus habitantes, la mayoría de los cuales no sabe que desde el centro de Coyoacán hasta Tepoztlán es posible encontrar más de cien conos volcánicos recientes, así como varios sistemas de cavernas volcánicas, por lo que resulta indispensable ampliar el estudio y difusión de estos temas hoy en día.

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